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La historia del plástico (de héroe a villano)



Os vamos a contar algo que quizás no sabéis.


El temido plástico, el villano de todas nuestras noticias en los últimos años, ese malévolo personaje que quiere acabar con nuestro océanos y llenar nuestras playas de basura no es en realidad tan malo.

El plástico, como todos los villanos de las películas, tiene su maldad justificada en un hecho de su pasado.

¿Cuál es la historia del pobre plástico? ¿Por qué se volvió tan malo?

Acompañadme, niñxs, en esta terrible historia:


Hace muchos años, a finales del sXIX nació el primer acercamiento al pequeño plástico. Fue muy buscado ya que las reservas de marfil empezaban a agotarse y los humanos necesitaban seguir fabricando bolas de billar. Se invirtió mucho dinero y se investigó para encontrar un material que pudiera sustituir al marfil y, además, abaratar los costes de la producción de bolas.


John Hyatt fue el papá de la criatura y así nació el celuloide del que más tarde saldría el plástico que conocemos hoy. Con él, no solamente se encontró una solución al problema del billar, sino que comenzaron a sustituirse otros materiales por plástico a la hora de la fabricación de artículos ya existentes (como gafas, teclas de piano o piezas dentales) así como a fabricar nuevos productos directamente en plástico porque era más barato y fácil de modelar.


El celuloide fue evolucionando y cubriendo necesidades de los humanos relacionadas casi siempre con el agotamiento de algún recurso que tradicionalmente habían explotado para su beneficio.


Todo era felicidad. Productos más baratos, mayor acceso a ellos por parte de personas de clases sociales más bajas, reducción de la caza indiscriminada de elefantes o tortugas para explotarlos como materiales…todo era sustituido por plástico.


Pero llegó un momento (que quizás, queridxs niñxs, os suene) en el que la humanidad se vio ahogada por el plástico y en donde las tortugas que se salvaron de morir para ser unas gafas, morían con el estómago lleno de plásticos.


Porque si algo bueno y terrible tiene el plástico es que es duradero. Tan duradero que, a veces, es completamente inmortal.


Hay ciertos tipos de plásticos que no podemos reciclar ni se pueden degradar, por lo que (y esto es muy gordo de asimilar): hay artículos de plástico que usamos hace décadas que aún siguen en algún lugar del planeta acumulándose con sus semejantes.


Un ejemplo muy sencillo y muy impactante es nuestro cepillo de dientes de cuando éramos pequeñxs. ¿Lo recordáis? Posiblemente de colores, con algún dibujito gracioso, que fue a la basura cuando llegó el momento de tener uno más acorde para niñxs grandes. Pues sigue existiendo hoy tal y como lo dejamos. Sigue, probablemente en algún vertedero de Asia, sabiendo que su antiguo dueño morirá y él seguirá allí para siempre.


Muy heavy, eh?



Pero el plástico no es malo. Como siempre, lo que es malo es el uso que se le da; el uso que le damos nosotrxs, lxs humanxs.


El ser humano busca la comodidad, eso no es malo. Pero la busca a costa de prácticamente cualquier cosa, y eso es terrible. Pronto descubrió que podía hacer casi cualquier cosa de plástico y, con ello, abaratar los costes y facilitarle la vida a las personas.

Pero, a menudo, cuando un coste se abarata para el productor es porque en otro punto de la cadena está siendo mucho más costoso. En el caso del plástico, el primero que pagó fue el medioambiente.


Pero, si sabemos lo dañino que es el plástico para nuestros ecosistemas, ¿por qué seguimos consumiéndolo y fabricando más? Porque al ser humano le gusta ir hacia delante, progresar, evolucionar, mejorar y, ahora mismo, un control sobre el uso indiscriminado de plástico haría que “retrocediésemos” en cuanto a comodidades. Inaceptable de todo punto.


Nos hemos acostumbrado a ciertas comodidades y cada día vamos en busca de nuevas que ni siquiera pensábamos que necesitábamos. Cualquier objeto que nos haga la vida más sencilla, aunque sea mínimamente a cambio de un impacto desmedido en el planeta, lo deseamos y lo adquirimos.


No concebimos la vida sin algunos productos de un solo uso aunque existan desde hace apenas un par de décadas. Se han convertido en imprescindibles cueste lo que cueste.


Pero seamos clarxs:

  • No necesitamos pajitas para beber nuestras bebidas, no es más que una comodidad que, salvo en algunos tipos de bebida (se me ocurre el mojito, cuya “gracia” es beberlo con el azúcar del fondo) bien podríamos sustituir por una única pajita de acero.

  • No necesitamos cubiertos y platos desechables para dar una fiesta en casa y así no tener que fregar luego.

  • No necesitamos comprar una botella de agua tras otra para así poder llevar siempre agua fresca en el bolso.

  • No necesitamos envolver la fruta del supermercado en plástico para protegerla porque oh, sorpresa! la fruta ya tiene su propia protección natural y es la piel.


Es preciso que nos responsabilicemos de nuestros actos y que empecemos a pensar en el impacto de nuestras decisiones.


¿Qué ha sido necesario para que yo pueda tener esta bolsa del super en las manos? ¿Qué voy a hacer con ella? ¿Por cuanto tiempo me será útil? ¿Qué pasará con ella cuando yo la considere desperdicio?


Es tan solo un pequeño cambio en nuestra manera de consumir. Responsabilizarnos de nuestras decisiones, de lo que conllevan y del daño que pueden hacer a nuestro planeta que, al final, es el único que conocemos donde podemos existir. Deberíamos esforzarnos un pelín en cuidarlo, no?


Avanzar, claro que sí, pero hacia un futuro donde nuestra vida sea posible.


El plástico no es nuestro enemigo, nuestro enemigo somos nosotrxs mismxs.



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